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HITLER SUBE AL PODER

Armado con una mezcla de suerte, mentira, oratoria y ferocidad, una gran nación se doblegó ante su intento de crear un imperio.

A través de la Puerta de Brandemburgo, a lo largo de la arbolada Unten den Linden y dejando atrás la imponente Cancillería, los batallones desfilaban en columnas interminables. Los adoquines resonaban bajo el paso disci­plinado de las botas claveteadas, y res­plandecientes antorchas levantadas en alto formaban un río de luz. Era el atardecer del 30 de enero de 1933, y Berlín era testigo de la más importante manifestación de su historia. Aquel mediodía, Adolf Hitler había jurado el cargo de canciller de Alemania ante el presidente de la nación, el mariscal de campo Paul von Hindenburg, héroe de la Gran Guerra, de 85 años.

Durante años, la máquina de propaganda nazi había glorificado a Hitler como el “Führer (conductor) de la Alemania que viene”, el hombre que lavaría la vergüenza del tratado de paz firmado en Versalles tras la Primera Guerra Mundial y guiaría al país hacia su justo lugar en el mundo. Había llegado la hora del nacionalsocialismo. El “pequeño cabo bohemio”, como Hindenburg lo había llamado una vez, estaba junto al presidente en el balcón de la Cancillería mientras, una hora tras otra, sonaban gritos de “Heil Hitler” en el terso aire invernal y las bandas interpretaban vigorosas marchas marciales. Columna tras columna de guardias de las SS y soldados de asalto con camisa parda elevaban sus brazos, blasonados con esvásticas, en el saludo nazi.  

                                    

 

Nuevo orden, viejo orden.
Recién nombrado canciller, Hitler, con el presidente Hindenburg, recibe las aclamaciones de los berlineses

 

Hitler, tan lejos de sus primeros años de trabajador en Viena, nunca había ocultado su desprecio por el gobierno democrático y por la República de Weimar que había surgido de las cenizas del derrotado Imperio Alemán tras la abdicación del káiser Guillermo en 1918. Nombrarle canciller era, por lo tanto, algo semejante a una aventura. Pero su partido nacionalsocialista era el más numeroso del Reichstag (parlamento) alemán, y los políticos conservadores que consintieron formar un gobierno de coalición con él estaban convencidos de que las responsabilidades del cargo domesticarían a Hitler.

La primera oportunidad para que la nación alemana diera su veredicto sobre el nuevo gobierno estaba fijada para la primera semana de marzo, en que se celebrarían elecciones al Reichstag. Antes de que llegara el día de la votación, los nazis recibieron un impulso aparentemente inesperado. En la tarde del 27 de febrero, Hindenburg, mientras cenaba con unos colegas en el Herrenklub, muy cercano al Reichstag, advirtió de pronto un resplandor oscilante en la calle. Corrieron a la ventana y vieron la gran cúpula acristalada del Reichstag iluminada como por reflectores; las llamas, difuminadas por nubes de humo, ascendían en el cielo nocturno. Hitler estaba en casa de su jefe de propaganda, Goebbels, escuchando discos de gramófono después de una cena en familia, cuando una llamada telefónica les anunció que el Reichstag estaba ardiendo. En pocos minutos Hitler y Goebbels se hallaban en el escenario. Inmediatamente explicaron el incendio como acto deliberado de los comunistas y señal para el comienzo de la “revolución roja”.

Mientras Hitler contemplaba cómo se hundía el Reichstag, convertido en un cascarón chamuscado, su secuaz Hermann Goering, el as de la Gran Guerra que había sucedido al barón von Richthofen como jefe del escuadrón de combate “Circo Volante” y presidía el Reichstag, gritó: “iHay que fusilar a todos los jefes comunistas!” A la mañana siguiente, mientras humeaban las ruinas del Reichstag, Hitler persuadió a Hindenburg de la necesidad de declarar el estado de urgencia Se abolieron las libertades civiles y se otorgaron a la policía facultades para arrestar y detener sin juicio.

Millares de comunistas y liberales, entre ellos miembros del Reichstag, fueron detenidos y encarcelados. Un joven fue acusado de incendiar el parlamento; sin embargo, hubo fuertes sospechas de que el fuego había sido obra de un destacamento de la milicia nazi a las órdenes directas de Goebbels y Goering. Los nazis se lanzaron a intimidar y engañar al electorado para que creyera que sólo ellos podían impedir un levantamiento comunista. Aun así, en los comicios del 5 de marzo no lograron la mayoría absoluta. Sin embargo, su porcentaje del 44 por ciento fue mucho mayor que el de cualquier otro partido, lo que brindó a Hitler la plataforma que necesitaba para destruir la democracia en Alemania y establecer una dictadura.

En una obra maestra de dominio teatral, Hitler decretó que la apertura del nuevo Reichstag se hiciera en la vieja Iglesia de la Guarnición de Potsdam, lugar de enterramiento de Federico el Grande y sancta sanctorum del que fuera en tiempos gran imperio prusiano. Con agudo simbolismo, la ceremonia quedó fijada para el 21 de marzo, primer día dela primavera y aniversario de la inauguración del primer  Reichstag imperial en 1871. Todo estaba preparado para subrayar la unidad de la antigua Alemania con la nueva. Las casas de la vieja capital prusiana estaban envueltas en banderas con esvásticas y con los colores rojo, negro y blanco del imperio. En la iglesia, viejos oficiales con sus uniformes imperiales se confundían con los nazis vestidos de negro o pardo.  

    Víctima del fuego. Poco después de comenzar a arder el Reichstag, un joven holandés, Marinus van der Lubbe (foto derecha), deficiente mental y antiguo comunista, fue detenido como autor del incendio. Se le juzgó y ejecutó con rapidez. Pero a pesar de su confesión y de su reputación de incendiario, hay pruebas de que fue víctima de los nazis. El fuego destruyendo el Reichstag (foto izquierda).

Hindenburg rogó ‘que el viejo espíritu de este famoso santuario” pueda ‘liberarnos del egoísmo y de las luchas partidarias” y así unir a la nación ‘en una Alemania orgullosa y libre”; mientras tanto, Hitler se inclinó con la rodilla doblada y dio las gracias al presidente por restaurar el honor y el orgullo de la patria. Dos días más tarde, el Reichstag se congregó en la ópera de Potsdam. Allí, por una gran mayoría de 441 votos contra 94, aprobó una Ley de Habilitación que destruía la constitución y otorgaba poderes ilimitados a Hitler. La democracia alemana había dado su último aliento. En el verano de 1933, todos los partidos políticos, excepto el nacionalsocialista, habían sido abolidos, y en diciembre la solidaridad entre el partido y el estado había quedado formalmente consagrada por ley. Para subrayarlo, el “saludo hitleriano” se hizo obligatorio durante la interpretación del himno nacional. En junio de 1934, la dictadura de Hitler -y la aquiescencia de la nación- resultaron patentes en la casi total falta de reacción pública a la infame “Noche de los Cuchillos Largos”. En el transcurso de un brutal y sangriento fin de semana, centenares de posibles adversarios fueron asesinados, entre ellos muchos viejos camaradas que habían contribuido a elevar al poder al Führer.

 

SÍMBOLOS DE TERROR

GESTAPO: era la "policía secreta del estado"; establecida por Goering en 1935 para detener e interrogar a sospechosos políticos. 
SA: era la "división de asalto", también conocidas como "camisas pardas"; esta milicia nazi fue establecida por Hitler en 1923 y purgada por él mismo en1934.
SS: la rama del partido nazi de uniforme negro, fanáticamente leal a Hitler. Reclutada primero como una guardia personal, llegó a convertirse en un gran ejército. Había dos grupos principales: los "Calaveras", que se encargaban de los campos de concentración, y los "Combatientes", que pretendían ser un cuerpo militar de élite; con frecuencia se borraba la diferencia entre ambos.